DIARIO LA REPÚBLICA HONDURAS
Editorial

LA REPÚBLICA

Las Repúblicas siempre han surgido del fango del despotismo y la tiranía impulsadas por esa necesidad profundamente humana, de igualdad, justicia y libertad. Un andamiaje estatal que defiende de los abusos y caprichos del poder, garantiza la temporalidad de sus gobernantes y deposita en sus ciudadanos las riendas de su propio destino. Un sistema de pesos y contrapesos que asegura la permanencia de sus instituciones y la salud de su democracia. Un gobierno representativo cuya única misión es ejecutar la voluntad del pueblo. Sin embargo, 180 años después de habernos proclamado república, Honduras tiene apenas un asomo de ella. Su estado se ha convertido en caricatura donde la justicia es quimera y el imperio de la ley agoniza por su arbitraria aplicación, a discreción de cúpulas corruptas. Un país donde la cabeza del Estado no representa a nadie ni rinde cuentas, donde los demás poderes han entregado su independencia, sucumbiendo servilmente a ser apéndices del ejecutivo. La res pública se ha privatizado, desde la sombra y entre secretos se vela sólo por lo intereses de unos pocos. República queda sólo en el nombre y acuñada en su moneda.


Hoy nuevamente el autoritarismo obliga a que surja “La República” como una voz que refleje el sentir y pensar de muchos, que garantice una amplia y verdadera participación ciudadana. Una “República” que se eleve fuerte y claro en medio del mutismo cómplice de los medios que hoy callan. Que contribuya a fortalecer a su homónima para que ésta garantice el bien común, el adecuado uso de recursos y la consecuente rendición de cuentas. Una “República” que no se acobarde ante la injusticias que se sufren y señale con valentía a los verdaderos culpables. Una que analice, argumente y cuestione en favor de Honduras para generar auténticos cambios con seriedad y propósito. Finalmente una que arrastre, que sume porque ninguna República se gestó en el silencio ni se libró desde un escritorio por un puñado de idealistas. Las luchas por los derechos y la voluntad de un pueblo han sido siempre faenas heroicas de ciudadanos valientes, conscientes de los problemas y comprometidos con el futuro pero sobretodo, decididos a no permitir jamás que un sólo hombre decida su destino

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