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LA PUERTA MILAGROSA por Rene Bendaña

Hace unos años fui con mis hijos a la embajada de los Estados Unidos de América a renovar sus visas. Había una gran fila desde muy temprano esperando turno para entrar. Mientras esperábamos, el desorden, la basura, la falta de cortesía y la gritadera imperaba en la acera.

“Que pase la fila de las 9:00”, grito un guardia de seguridad, que por cierto era hondureño. Mientras la fila avanzaba algo milagroso sucedió al entrar a las instalaciones de la embajada. Las personas que afuera eran desordenadas inmediatamente parecían soldados parados rectecitos siguiendo todas las instrucciones como receta de cocina. Wow, dije yo en mis pensamientos. ¿Qué sucedió aquí? Pensé que habíamos entrado en otra dimensión o un mundo paralelo donde todo era orden.

¡Pero no! Solamente entramos a un lugar donde hay respeto a la autoridad y miedo a las consecuencias. Fue un momento de epifanía cultural. “Eso es lo que le pasa a Honduras”, pensé. Nadie teme a las consecuencias de sus malas acciones y tampoco se tiene respeto a las autoridades. Pero ¿por qué sucede eso?  Fue cuando comencé a analizar y recordar a los rapiditos, taxistas y particulares subirse a las aceras con sus vehículos, pasarse semáforos en rojo e ir a exceso de velocidad. A la gente tirando basura en las calles. A los policías recibiendo mordida. A las personas que evaden el fisco. Los empresarios que abusan de los empleados. A los políticos ladrones y corruptos. Etc. Etc. Etc.

¿Será que es a propósito que las autoridades permitan tanto desorden vial, por ejemplo? Razonemos esta idea. Si la ciudadanía no tiene una autoridad que le ponga orden, se sentirá libre de hacer lo que quiera, romper la ley y salirse con la suya. Al acostumbrarse a esa practica de “me salí con la mía” entonces se convierte culturalmente aceptable que los políticos roben y abusen de su poder y se “salgan con la suya”. El ciudadano tiende a no exigir pena a los políticos corruptos porque, subconscientemente, estarían exigiendo pena para si mismos por los delitos que cometen y que se salen con la suya.

Pero volviendo a la puerta milagrosa, vemos que el cambio de actitud de una persona es inmediato. No se ocupa una nueva constitución, un nuevo sistema de gobierno, ideologías políticas, un nuevo sistema económico, ni siquiera un nuevo pacto social. Lo que se necesita es que impere el respeto y aplicación a la ley y que la ciudadanía tenga miedo a las consecuencias de sus malas decisiones. A ese guardia, y a los demás que eran hondureños, se les tenia respeto. Pero ese respeto es solamente dentro de esas instalaciones. Estoy seguro de que, en una oficina de gobierno hondureño, al mismo guardia, no se le respetaría de la misma manera. Pero si es la misma persona, ¿por qué se le respetaría en un lado y en otro no? Porque es a la institución a la que se respeta. Es al reconocimiento de que en un lugar donde de aplica equitativamente la ley, las malas acciones son castigadas.

Ahora la pregunta del millón. ¿Cómo lograr una cultura de orden? No se necesitan grandes acciones para generar grandes cambios. En mi opinión, se debería de formar una policía de transito de primer mundo, bien equipados, bien pagados, bien entrenados para poner orden vial a nivel nacional. Multas severas a las personas que infringen la ley vial. Estoy seguro de que, si me quitan el carro por pasarme el semáforo en rojo una vez, no lo vuelvo hacer por miedo a que me lo quiten de nuevo. Esta aplicación estricta de la ley vial generaría una cultura de orden y miedo a las consecuencias. Pero esa aplicación de la ley tendría que ir también para los policías de transito que se prestan para aceptar sobornos, mediante denuncias ciudadanas. Para mi, el orden vial es la punta de la lanza que llevaría a la ciudadanía a tener mas respeto a la ley y por ende exigir la aplicación de la ley a los políticos que abusan de su puesto creyendo que se van a “salir con la suya”.

Esa puerta milagrosa se llama institucionalidad y mientras no tengamos respeto a esa puerta el caos seguirá imperando en nuestra amada Honduras. La buena noticia es que si lo podemos lograr.

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