Encendiendo la Mecha. Editorial 9 de enero, 2019.

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Los políticos corruptos encendieron la mecha que puede culminar con la explosión de la insatisfacción del pueblo por el hartazgo de tantos años de robo descarado. La corrupción ha sobrepasado las fronteras ideológicas, los ladrones se han unido en un nuevo afán en donde los ideales marcan un segundo plano y es suplantada por la riqueza descarada que se da en el aprovechamiento de sus puestos públicos.

En ese proceso  un comediante, un abogado que jamás ha ejercido y un guerrillero que vendió su revolución (para quedarnos en el vecindario), han convertidos sus respectivos países en sus fincas personales, han escrito en el camino una constitución imaginaria a su medida y han puesto en sus bolsillos el poder de las armas y de la intimidación. A parte de ser los tres corruptos, estos personajes tienen otros denominadores en común: juegan a ser dictadores y sienten pasos de un pueblo cuya paciencia aparenta estar llegando a su límite.

Y es así bajo este predicamento, que una pequeña región del mundo llena de pobreza, de agonía y de mentira, ha llegado a una profunda paradoja: sus democracias han sido injustas. En el acto de una falacia electoral, como borregos el pueblo ha votado sin que sus votos hayan contado y el resultado se afirma no en las urnas, sino en las salas lujosas de los grupos de poder. Cuando un mandatario desobedece los anhelos verdaderos del soberano, cambia la “d” de democracia por la “d” de dictador. Bajo este totalitarismo es que el pueblo ha salido a las calles, se han atizado las antorchas,  se han derrumbado los “árboles de Chayo”; pero también es así de real, que han logrado apagar esos intentos, apaciguar temporalmente las aguas y hoy estamos inmersos en una tensa calma.

“Si los políticos son miopes no esperemos que su vista alcance para futuro. Siento que la estupidez es la esencia de mucho de los actuales políticos y ¿qué se puede esperar de la estupidez?” (Waldo Rivera). Sin embargo estamos rodeados de algo más que estupidez; lo que realmente nos domina es una cleptocracia maligna capaz de todo con tal de mantener su dominio, su riqueza y su impunidad. Este pequeño pero poderoso grupo no conoce fondo, son insaciables y en su codicia están dejando una estela de muerte de aquellas víctimas de la corrupción gubernamental.

Mientras tanto seguimos jugando el juego con la pelota prestada y bajo las reglas de los propios corruptos. Hemos sido incapaces de organizarnos en un sentido común precisamente por el bien común. Hemos callado, tolerado, complacido y hasta en muchas veces, hemos en forma inocente coludido. Hemos sido permisivos en nuestras actuaciones, esperanzados a que vengan otros a solucionarnos los problemas que hemos sido incapaces o cómodamente asentados en nuestras propias conveniencias, indispuestos por nosotros mismos a resolver. Cuando se dice que “solo el pueblo salva al pueblo”, implica ante todo, que cada supuesto liderazgo debe de hacerse a un lado y responder todos en igualdad, con una finalidad: rescatar la patria de esta cleptocracia, sin intenciones partidarias de por medio y sin mucho menos, intereses de poder individual. Mientras no entendamos eso, la mecha del pueblo que estos corruptos han encendido, explotará en un triste cachinflin.

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