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El Descaro Cívico Gubernamental. Editorial jueves 21 de febrero, 2019.

Finalmente el rey tendrá su palacio, su monumento histórico para ser recordado, su estatua de dictador. Se erige ante la paciencia de un pueblo atolondrado, amedrentado, secuestrado en su voluntad. Se consolida en un camino de despojo de fondos de previsión social, en la oscuridad de otro negocio a las escondidas y en otra risa burlesca que define que el que manda, manda…cuando el pueblo lo permite.

Pero no nos asustemos, que el palacio será de Honduras en una fecha futura en la que quizás muchos de los que leemos estas líneas, posiblemente ya ni siquiera existamos. Al fin y al cabo ¿qué importa? si 5,140 millones de nuestros desplumados Lempiras y 27 años no son nada, con tal de intentar llenar el ego de un hombre y el de sus tantos esbirros y secuaces.

Realmente este renglón es parte de la personalidad que se manifiesta en aquellos con sed por el poder absoluto. El doctor James Fallonen su estudio “La mente de un dictador”,  concluye el paralelismo de estos sujetos con el diagnóstico de un psicópata: usualmente encantadores, carismáticos e inteligentes; además, son manipuladores, expertos en la mentira, narcisistas, vanidosos y sadistas. Es en ese entorno mental que hombres con dichas características, pretenden construir obras que sean un homenaje a ellos mismos, una “obra de arte a la arrogancia”, una marca histórica que les asegure su permanencia por sobre el propio tiempo, su inmortalidad.

Hablando de la muerte, a escasos kilómetros de donde se erigen las modernas torres para los burócratas, el Hospital público insegne del país se desbarata. El Hospital escuela es el monumento viviente al sentimiento despiadado de quien hoy nos gobierna, un observador silencioso de lo que la valiente doctora Suyapa Figueroa advierte es sencillamente el evento del genocidio para el pueblo. Las palabras de la doctora Figueroa han sido suaves, comparadas con la verdad que te golpea en segundos al poner un pie en nuestros hospitales y ver los rostros de aquellos cuyos pecados han sido el ser pobres, estar enfermos y haber nacido en esta Honduras. En cada muerte que sucede por la irresponsabilidad política dentro de las paredes de los insuficientes edificios de atención para la salud del pueblo, se convierte en un asesinato más de un ser humano, cuya vida no ha sido prioridad en los planes de un gobierno cuyo legado exclusivo serán sus excesos, el abuso del poder, la militarización y un apestoso olor al narcotráfico y corrupción.

Ese crimen de robar al pueblo y enriquecerse sobre su miseria hasta la opulencia, vuelve serviles a todos los que guardan silencio y adulan al delincuente. Todo aquel que al pasar por esa pirámide del faraón soberbio, no sienta indignación, es simplemente porque es parte del clan que de una forma u otra, se han beneficiado del descaro, sin importarle la cruda verdad de un pueblo que muere esperando una simple oportunidad.

Y aún así abrirán las botellas de champaña en el día de la tan esperada inauguración. Sin duda asistirán todos los grandes señoras y señores del país, los potentados; celebrarán el día protegidos por su guardia pretoriana. Reirán, platicarán, cortarán la cinta y se deleitarán con exquisitos bocadillos. Se escucharán los discursos replicados en los medios nacionales sobre las miles de fuentes de trabajo que se crearon en su construcción, sobre sus logros en dinamizar nuestra economía y sobre la fantástica experiencia que será de ahora en adelante, la inquisición de la SAR, en el cómodo y climatizado espacio de atención pública.

Entre tanto, el pueblo escucha, mira y calla…pero quizás no olvida y quizás, no calle para siempre.

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