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¿DONDE ESTÁN LAS ANTORCHAS?. Por Anna Lucía Acosta M.

Hace cuatro años las antorchas ardieron e hicieron temblar a quienes habían hecho del Seguro Social un deshuesadero para sus fines electorales. Cada viernes, un mar de indignados prendía el país en protesta contra el abuso, la corrupción y la injusticia. Un rito patriótico, espontáneo, sin banderas políticas ni dueños con el único propósito de denunciar lo robado y responsabilizar a los culpables. Para aplacar la rabia, nos montaron un circo jurídico cansino, frívolo y todo siguió igual. Desde entonces la lista de yonkers estatales ha crecido, desmantelaron la Salud, el INFOP, la ENEE, HONDUTEL. Nunca peor que hoy pero las antorchas siguen sin encender. Pareciera que se tratara de rebeldes sin causa en país nórdico, de esos que defienden luchas exóticas, lejanas o triviales. Esos que no encuentran eco porque allá las cosas marchan, la ley se respeta y el Estado cumple.

El viernes las antorchas nos plantamos en lo que se supone es una estación del Trans450, un sistema de transporte que nunca arrancó pero cuya enorme deuda hemos tenido que asumir. Monumentos de concreto que recuerdan actos de corrupción manejados con un cinismo descomunal. Enfrente resiste el Hospital Escuela, un moribundo que en los años setenta era sin duda símbolo de modernidad, progreso y bienestar pero que ahora luce decrépito y enclenque. Resulta descabellado pensar que en un país donde la injusticia y la corrupción golpean a diario, permanecemos anestesiados. Cada semana estalla un nuevo escándalo; nepotismo en el Banco Central, compras sobrevaloradas de residencias en Washington, masacres que pronto pasan al olvido y latrocinios que se ventilan pero nunca se ajustician. El día a día de un país secuestrado por una mafia enraizada en las instituciones de un estado podrido que le sirve de escudo y de coartada.

¿Qué más debe suceder en este país para que despertemos del sopor? Mientras rumio posibles razones, acabo siempre en las mismas tres. La primera, indolencia, hija del egoísmo profundo que nos incapacita para sensibilizarnos por la suerte de los demás. El indolente cree que no pasa nada porque no sufre, tiene su vida arreglada y le da igual lo que sucede, mientras no se vea afectado. Los miopes del poema de Bertolt Brecht…”primero se llevaron a … pero como yo no era, no me importó.” Viven tranquilos en su letargo. La indignación del indolente llega a un tweet o un like porque comprometerse un viernes exige un sacrifico que no están dispuestos a hacer; creen que las luchas se libran sólo en pantallas y quieren cambiar el mundo desde el sofá.

Luego, los pesimistas, los que van por la vida arrastrando los pies, sin expectativas ni esperanza. Los fatalistas que ya se condenaron porque la suerte además de negra, está echada. Los que nos contagian del “ni modo” y acaban sus letanías con “así son las cosas”. Los que andan la renuncia bajo el brazo y fracasan, sin siquiera haberlo intentado. Aquellos sin músculo de voluntad que ceden al mal porque no conocen la fuerza de un pueblo unido y el estruendo de mil gargantas gritando a una sola voz. Estos sin quererlo, pavimentan el camino de los corruptos porque su derrotismo asfixia cualquier intento de reclamo civil.

Por último, los saboteadores, los que critican y aplastan toda iniciativa liderada por otros. Si no portan ellos el estandarte y encabezan la marcha, nadie más lo hace. Esos que libran causas mientras hay beneficios. Coyotes políticos que pierden su caudal  cuando el pueblo se levanta sólo, sin necesidad de intermediarios oportunistas. Los que son mucho ruido y pocas nueces porque en realidad no tienen otra agenda que ellos mismos.

Honduras sigue de rodillas, a pesar de que han convertido su territorio en hub del narcotráfico, aún cuando cada noche la mitad del país se acuesta con hambre, cuando la salud cuelga de brigadas extranjeras y la educación pública, aplazada en el informe PISA, no le garantiza futuro a nadie. Encender las antorchas para exigir lo que es nuestro es la única posibilidad de presionar una clase política corrupta, una sociedad civil ciega y un empresariado timorato. O los ciudadanos conscientes prendemos las antorchas o alguien más hará que este país arda.

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